Vale, ya has puesto en marcha tu idea, has elaborado un plan de negocio y te has lanzado a vender tus productos o servicios. ¡Enhorabuena: te has convertido en emprendedor! Pero el camino no termina ahí. De hecho nunca termina. E incluso puede ser que a mitad del recorrido tengas que abandonarlo para avanzar por otros senderos que te parecían intransitables. El caso es que a los emprendedores también se les aplica la misma teoría que describió Charles Darwin: quienes evolucionan y adaptan sus negocios a las nuevas necesidades son los que cuentan con más opciones de superviviencia.
Pongamos un ejemplo: a mediados del siglo XIX un empresario del sector textil decidió trasladarse de Nueva York a San Francisco al abrigo de la fiebre del oro. Su idea original era vender telas para los fabricantes textiles que surtían a los miles de americanos que acudían a California en busca de oro. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que podría hacer fortuna de otra forma: los mineros se quejaban de lo poco que les duraban los pantalones debido a las duras condiciones de trabajo en la mina, así que aquel empresario decidió dejar de lado su idea y apostar por fabricar pantalones más resistentes utilizando telas procedentes de las tiendas de campaña. El tipo en cuestión se llamaba Levi Strauss y en poco tiempo pasó a ser el mayor fabricante de pantalones vaqueros del mundo.
Si el señor Strauss se hubiera mantenido fiel a su idea original de negocio en lugar de mostrarse flexible hacia las nuevas perspectivas que se le pudieran presentar, su legado hoy sería bien distinto. Y es que el emprendimiento es como la evolución: las especies que son más proclives a adaptarse a los cambios que se producen en su entorno llegan más lejos.
Aquí va otro caso: ¿sabías que Nokia comenzó vendiendo papel? Pues sí, el gigante finlandés de las telecomunicación nació en el seno de la industria. No fue hasta casi un siglo después de su fundación cuando decidó abrir líneas de investigación en el sector de las comunicaciones por radio y la telefonía. Aunque quizás el ejemplo de empresa flexible se encuentre en Estados Unidos: allí 3M fabrica y comercializa un catálogo de más de 50.000 productos que van desde artículos de oficina a señales de tráfico, pasando por artículos farmacéuticos. A principios del siglo XX nació como una pequeña industria minera de Minnesota, pero no tardó en descubrir que la tecnología que utilizaba para la explotación mineral le podría servir para desarrollar otros productos que satisfacieran las nuevas necesidades de la industria.
En un contexto más cercano puedes fijarte en el caso de Servicio Móvil. Se trata de una empresa familiar fundada en la década de 1960 para el transporte de mudanzas. Pero claro, como empresas de mudanzas hay muchas, no tardaron en poner sus ojos en un nicho para el que apenas había competencia: el transporte de documentos sanitarios (historiales clínicos, informes médicos, etc.). No era su idea original ni figuraba en su plan de negocio, y cambiar de objetivo a mitad del camino suponía realizar nuevas inversiones. Pero ¿por qué no apostar por el cambio? Lo hicieron y hoy es una empresa líder en logística documental.
Ser emprendedor significa estar abierto al cambio continuamente. Y de la misma forma que las especies que sobreviven son las que mejor se adaptan a los cambios de su entorno con nuevas habilidades, en el caso de las pymes tendrás más posibilidades de negocio si sabes adaptarte a las nuevas necesidades que vayan surgiendole a tus clientes.







